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martes, 14 de junio de 2011

Miguel Poveda

Mi cama reatada con celo se volvió a romper.
Movió la mesa.
De la mesa se cayó el vaso.
El vaso de agua con flor.
El agua se estampó en los cables eléctricos y en el enchufe.

Ayer el romanticismo casi me mata.

lunes, 17 de enero de 2011

La puta casa en el barrio pijo


Será un barrio pijo, de muchas arrugas y más estiramientos. De depilaciones con cera pocas, más bien láser porque está de moda y los pudientes pueden quemarse tranquilamente las carteras y la epidermis. La corrala nuestra, ya es otro asunto. Parece sacada de Gomorra, aquí las antiguas Zarzuelas de chulapos y folclore del centro, tienen escenario y buena acústica. Dice mi compi de piso que desde la portería se me escucha berrear a la Gaga. Nadie es perfecto. Dad romance y paparazzis.

Y para imperfecciones la casa. Cariño le estoy pillando, no lo negaré. Pero se cae en pedazos. Nuestra ropa, si olía mal antes solo se debía al tendedero. Las cuerdas puestas en la salida de humos del falafel de abajo. Más que olores a Madrid, aromas de oriente lejano. Puso alguien una lavadora ayer, y la máquina dijo que sí. Que lavaba y de paso inundaba la cocina. Yo no lo vi, estaba muy sometida a un nuevo DVD de Camarón, pero puedo intuir que la cocina del fogón eléctrico tenía más cabal que el Manzanares. Por cierto, que me dijo un camarero de Plaza Mayor que los calamares del bocadillo eran del río. Me ven con cara de imbécil. Total, le añadimos a la rotura de mi puerta (que no se cierra sino baila) el adiós con el corazón de la lavadora.

Me he hecho unas gambas, no sé si entra en la dieta, pero me suda el asunto. He pillado mi pc, Pastori a toda voz hasta que el compi ha entrado con la cara descompuesta para comentarme que nada, que la puerta de la nevera se ha caído. He parado a la cantaora, dos pasos y compi 2 aguantando la puerta. Nos cargamos su luz y ahora su puerta. Y eso que nos guarda en frío todo el alcohol del mundo. Desagradecidos. Espero que por lo menos el frigorífico aguante, que tengo doscientos tuppers de comiditas elaboradas de mi madre. Y eso NO lo perdono.

Si en los próximos días se rompe un cristal y me raja en canal, la caldera mete fuego y llamas o la tele explota en plan Iroshima... me replantearé la racha de tacto que nunca tuve. Quizá la bendición de la monja Sor Ángela de Narváez 72 sea como los yogures. Con fecha de caducidad. Quizá Dios se ha cansado de mantener en paz las cuestiones nuestras hogareños y vuelve a dar guerra. Pero vaya, prefiero putas abajo que cero electrodomésticos en esta puta casa.

lunes, 25 de octubre de 2010

La monja de Dios.




















Mi compañero de piso (recuerden “la casita del perro” por medidas del habitáculo) se fue unos días a sus estimados Camps de Tarragona. Aquí me quedé yo hecha la valiente sin miedo a los fantasmas y poniendo sillas detrás de la puerta. Por si el chulo se equivocaba de piso.

Y empiezo a relatar,

Suena el despertador a las 9, me levanto. Tengo prisa he quedado en media hora. Enchufo la cafetera que en estado de emergencia mi madre me envía desde Barcelona (empeñada la mujer que en Madrid la gente no bebe café, digo yo). El culo del instrumento más pequeño que los fogones convencionales de llama y arder. Así que me adentro en el mundo del fogón eléctrico. Lo enchufo. Pongo la cafetera. Sale el café. “Apago” el fogón eléctrico, bebo café, me ducho, hago la cama. Y justo cuando me voy a ir, noto yo un cierto olor a quemado. Doy un paso (recuerden medidas hogareñas) y veo que en la cocinita de PinyPon el fogón eléctrico y cafetera están achicharrados. Pongo la mano, arde. Quemadura pal body. “Me cago en dios, no lo he apagado bien” y vamos a ver, no es que en Madrid me haya vuelto subnormal, es que el botón tiene y tenía los números borrados. Vale. Media cocina ardiendo y yo sin saber dónde mierda se apagaba el asunto. Llamo a mi compañero de piso, se ríe. “tío, yo no me puedo ir, que no sé si esto está apagado y le meto fuego en un plis a la casa y a Narváez entera”. Mi compi se empieza a preocupar. Doy más. Doy menos. Derecha dos puntos. Izquierda dos puntos. El fogón ardiendo. Cero, que a parte de no llegar (donde tenía que ir) calenté unas treinta ollas de agua probando probando si se apagaba el tema.

Llamo al portero a las 10 y algo. Cierro la puerta del cuarto de él (el día anterior habíamos robado un carro del super que nos estábamos planteando no devolver para secar la ropa en invierno) cierro la puerta de mi cuarto. Viene el portero. “Uy, yo esto no se apagarlo” corta la luz (supongo que relacionó eléctrico con luz general del piso). Da la luz, me repasa tres o cuatro veces “entonces tu compañero no es tu novio, no?”. Mi histeria sube sube hasta las nubes. Ponemos de nuevo el botón en lo que creíamos que es “cero” y dos minutos después sigue ardiendo. El colega se va, dice que llame al casero. “al casero????? dudo yo que el Gonci sepa que dos más dos son cuatro”.

Las 11 y media. Botón pa arriba, botón pa abajo. Y eso no se apaga. Cunde mi pánico. Quiero esconderme debajo de la mesa o llorar en el regazo de la madre que me parió y me envío la cafetera. Pico a la vecina puerta con puerta. Mujer de unos 80 años viuda. Le expongo toda mi problemática con el fin del calor del fogón. Me invita a entrar en su piso. Me enseña las cortinas, el punto de cruz y su fogón. “señora, no es que no sepa que el 0 es apagado, es que en mi botón el puto número no está”. La anciana entra a mi piso. Cotillea el piso. Pregunta por todo lo que tenemos y lo que no en el piso. “este chico tan guapo quién es?”, “qué hacen estos chinos aquí?”, “estos dos amigos tuyos son maricones, no?” señora, que como me toree le explico que abajo viven putas y verá como no duerme en un mes. Amelia (el nombre venía de serie) tras su análisis global de los cambios decorativos que habíamos hecho, tras sus conclusiones del tipo “estos dos no están juntos”, entra a la cocina y me toquetea el botón del fogón. “ vamos a probar número por número a ver cual es”.

Miro al pasillo y veo una monja. Con sus ropas de monja, sus cruces de monja y su voz de monja. La vieja Amelia le explica que soy inútil y nueva en la comunidad, que me está ayudando con el fogón. Sor Ángela de la Cruz vive arriba. La monja con todo su culto abre la puerta del cuarto de mi compi. Abre la puerta de mi cuarto. Se sienta en el sofá. Hola??????????????????????? hace tres horas que estoy quemando la casa y hay una monja sentada en mi sofá? La monja me llama, me pregunta que porqué hay chinos en la pared. La monja me pregunta porqué hay un sujetador en la silla. La monja me pregunta si puede bendecir la casa. Yo hasta los cojones del fogón, la vieja (llevaba una hora en casa ya) y los nervios, le digo que sí. Que haga lo que quiera. Que lo que menos me importa ahora es su Dios. La monja con sus cosas de monja con voz de monja cuarto por cuarto bendice a casa.

Me fumo un cigarro, pero me gustaría pincharme caballo. Echo a la monja, echo a Amelia. Y pongo la última olla con agua. 10 minutos después el agua está más fría que cuando la puse encima del fogón. Las bendiciones de la monja dejaron un ambiente anticaliente.

Total, que en eso estamos cuando llama mi madre y me pregunta si he comprado café molío o por molir. Que reviente el mundo que esto es una puta película de Alfredo Landa.

domingo, 17 de octubre de 2010

Cuando yo viví en Madriz


Todo lo que marca registrada “Rocío Niebla” proceda, o se de, per se, se sabe que muchas posibilidades hay de que sea una bizarrada de competición y premio asegurado. Con lo que, cuando yo cuento, parezco la cuenta cuentos del reino de los culebrones. Historias la mar de fantásticas y asombrosas (del“imposible”). Y todo de la mano de la verdad. Cómicas y poco ligeras, pero siempre habladurías propias de abuela a nietos.

Pues cuando yo viví en madriz...

En este piso de dos metros cuadraos, paso algo. Aún no sé muy bien qué es. Miedo de poco tengo. Pero a veces, noto yo cosas difíciles de asimilar. Cierto es, que desde que llegaron las andaluzas de al lado, que prácticamente es como si pagaran conmigo el alquiler, parecen que viven aquí, todo se escucha y radio patio pasa a ser radio pared, las manifestaciones extrañas se han ido aparcando. El sur ha traído castañuelas y ajos.

Llegamos Iván y yo, a Madrid, sin conocer ni que al pedir una birra te dan una tapa gratis (“oiga, que yo no he pedido este plato de ensaladilla”). Al poco, un día al desnudarme para ducharme (tendría que salirme yo del piso para que cupiese una bañerita) me di cuenta que tenía mi estómago arañado. Raro, porque soy de moraos, nunca de zarpazos. Y al inspeccionar a Iván, sus mil arañazos que tenía él también. No me jodan! que raro es, que ambos tengamos el cuerpo pos sesión salvaje de porno.

A los detallitos de los cuerpos serranos marcados añadir, que la puerta del altillo cada vez que entrábamos juntos a la casita del perro (por medidas es el nombre de este piso) nos lo encontrábamos abierto. Hasta cuatro veces. ¿En el altillo, a parte de todos los muebles de mierda que nos dejó Gonci (nuestro casero engañao, “Madrid tiene de todo”. Sí, de hecho yo desde la ventana mía veo el mar) qué coño hay? Yo qué sé que hay ahí, todo sea que en una de estas me salga Lis Costa vestida de cabaret bailándome al son de David Bowie cualquier poesía de aire catalán progre.

Un joven adorable que se preocupa por nosotros, la estabilidad y la supervivencia de sus retoños extraviados en Madrid, por mera curiosidad, y bajo mi percepción por algo de cachondeo también, introdujo en el google tres fantásticas palabras. Narváez (mi calle), 72 (mi número) y “sucesos”. Total, sorpresa la nuestra encontró cero óperas sin fantasmas, ni contenido amarillo de cuarto milenio. Algo mucho mejor. En mi edificio. Hay putas.

Os dejo el link, invitándoos amablemente a que conozcáis a Chocolatito (que conste que el mote ya venía de serie) y lo más importante, el escenario donde la trabajadora calienta motores y presenta su book. MI CORRALA.

http://www.mundoanuncio.com/anuncio/negrita_sexy_soy_una_estudiante_muy_mala_jugamos_1223828403.html


Así que por el momento fantasmas no tengo, pero “chocolate” pa mojar churro todos lo que quieran.