Me fui a Cádiz. Me harté de zampar chopitos, pollo empanao, chipirones, cazón que se repite. Me disfracé de cerda y mientras comía un bocadillo de hamburguesa y panceta a las cinco de la mañana un tío disfrazado de Prision Break me acorraló para susurrarme “te estás poniendo muy cochina”. Además de verdad, porque milagro que mi traje cerrara, milagro donde me dejé la finura engullendo. A partir de ahí, marqué un antes y un después en acercarme a los vestiditos de prisión. Ya dicen que nos disfrazamos de lo que somos. El susurrador a mi no me astilla, que ese acababa de salir de Alhaurín de la Torre. Hice tres amagos de bromeo con él y adéu macu que me dejé mi dignidad en Cortadura antes de adentrarme en el mundo de La Viña.
Dormí una noche en el suelo de un piso franco. Franco en hippys y pestazo a vino derramado. Una joven perla se apiadó de mis tembleques dejándome una mantita para taparme. Y buena fue, aunque no había Dios que me calentara. Los suelos no son mi fuerte, de hecho yo pagué una camita en un hostal pero al llegar a ella a las 8 de la mañana había una gitana con más patillas que pelo en la cabeza acurrucada en ella. Yo no tenía la mente lúcida para más jolgorios y abandonando el sarao de mi colchón, tiramos de archivo telefónico de apiadadores que abren las puertas de su hogar para que la peña eche un sueño.
Mantuvimos una relación muy estrecha con “carpita güena”. Y la carpita, es donde acaba Cádiz entera bailando al son de infumables hit parade. Todo el mundo muy metidito en el tipo y dado a la taja suprema. Me quedo con los contoneos de cadera que metí esas noches, haciendo que la coordinación y mis años de pagar una academia de baile fuesen una perdida monetaria a la cuenta de mi mamá. Cascar con un cubata en mano con los chirigoteros del corazón, intercambiar ideas como cromos, arreglar las estafas del concurso al ritmo de Paulina Rubio.
Cádiz. Es más poesía que cualquier otro lugar. Tiene unos vestiditos de colores, unas caras pintadas y mucho atrezzo a cuestas. Pero no os engaño, que detrás de cualquier agrupación, esquina y momento hay más letra que teatro. Tiene Cádiz una belleza imbatible en duelos. Que engancha, enamora y trastoca a los recios, aquellos que entran pensando que el carnaval es una fiesta más, unas pocas noches de compás.
Ay carnaval, qué ganas te tengo.
no he entendido nada pero me gusta... lástima de guiño, un puedo pero no quiero, a los que le traían al fresco las chirigotas pero no la chirigóticas. Un abrazo de buenas noches.
ResponderEliminarG.
¿Chopitos o choquitos?, creo que un amigo suyo, furtivo, los captura. ¿Repetiste cazón por segunda vez o el exceso de vinagre, comino, ajo y orégano te hizo "repetir"? Lástima no haberse cruzado a ese lechón veinteañero a las tantas de la "marugá" (de marugaíta, prima, suenan los motores... cantaba José Monge 'Camarón'), y lástima no haber sido el reo, porque te garantizo que te "enreo"; y más comiendo hamburguesa, acaso por la metáfora tan certera que escondías entre tu disfraz y el sobrante de la salsa que, caprichosa, seguro deslizaba sus fluidos entre comisuras de labios rojos y mentón (Lechón, leche, lechal...)
ResponderEliminarLa Carpa es el signo de la decadencia; la prueba del declive; la pérdida de una seña de identidad de siglos, que configuraron al Cádiz de tus amores con personalidad; pero es el ocaso, la entrada al provincianismo. Tengo entendido que alguien resumió el Carnaval con la palabra "cuernos". Aquí más argumentos:
Carnaval no viene de carne sino de cuerno. De cuerno gordo, puntiagudo y afilado; desafiante empitonamiento que se avecina antes del recogimiento. Aunque los filólogos y estudiosos de la lengua no hayan dicho ni pío, el esquema ya se repetía en la antigüedad en las famosas "Cuernostolendas". No hay nada que rompa más la norma que unos buenos cuernos puestos a tiempo. Los cuernos son enormemente trasgresores y por tanto cosustanciales a la fiesta. Y no me nieguen que el asunto no tiene su morbo, ya que la cornamenta divierte y asusta por partes iguales, dependiendo de la perspectiva desde la que se le observe. Al que le toca recibir dicha montera ornamental, por lo general, suele ser el último en percibir que dos bultitos sospechosos han enraizado en su frente.
La lujuria llama a la puerta de cada febrero y ello, además de notorio, es periódico y puntual para cualquier buen observador: como los aguajes lunares y como el vaivén de un metrónomo. Decir lo contrario es negarse a la evidencia. La brisa de febrerillo el loco, el néctar dorado de la manzanilla y el encanto de la trasgresión, ayudan a la búsqueda de placeres prohibidos, con el morbo añadido de compartir con la guapa morena del segundo, tan distante y fría todo el año, los placeres carnales y cuernales de la carne y del cuerno.
Claro que también existe un tiempo de "precuernaval". Corresponde a los prolegómenos gastronómicos, pero ¿qué quieren los incrédulos?; a fin de cuentas el erizo pincha como el pitón más lacerante y el ostión es un bivalvo de la familia de la almeja, cuyos labios superiores e inferiores evocan a las bacanales de otro “bibalbo”, Balbo el mayor y Balbo el menor.
Ya en la semana de Cuernaval, propiamente dicho, los sentidos se disparan y se tiende a trasgredir el tercer mandamiento de los cristianitos, cuando uno le ve las dos cachas a la mujer del colega con las medias negras insinuando el encaje de blonda: ahí es cuando uno se cree, con puntos y comas, todo lo que le ha dicho el antropólogo de que durante el tiempo de Cuernaval uno tiene que ser por un día lo que quisiera ser a lo largo del año (entonces es cuando mentalmente le damos la razón al antropólogo: ¡aro, aro!)
Pero sin duda alguna el templo de la sodomía de ladrillos rojos de Gomorra era el Falla con sus añorados bailes de máscaras que, como defensor del Cuernaval, desde este blog reivindico. Allí las miradas encendidas de deseo se cruzaban tras la pícara tela del antifaz. El lugar era perfecto para pecar: grande, tortuoso, lleno de recovecos y con una profunda carga romántica.
No entiendo cómo a estas alturas no ha sido creado un Patronato de Cuernaval y no se ha puesto en marcha un Congreso Internacional, con lo internacional que son los cuernos y con los ilustres cuernistas de cornucopia que uno conoce.
Lechoncita. Tienes poesía en tu actitud, unos pómulos rosados, ojos plateados y una boca que invita a pecar. También enganchas; también enamoras y también trastocas, incluso a los reos bien creciditos...
¡Ay, porcina de porcelana, qué ganas tengo de ti!