sábado, 7 de mayo de 2011

Peineta con soleá.

Era una furia teñida. Con un rubio rizado postizo, de unos tacones que ni regalaos. Era una diosa sin lunares, que cuando la mano bajaba y el escote asomaba, la aurora del flamenco se tintaba de luces del ferial. Una estúpida sin competencia, con un don para el baile. Que nadie más he visto danzar igual. Eternos, que se para el ritmo de bulerías para que ella haga sola su música con píes, y sus ojos, verdes olivar de Jaen, tengan más palmas que Caracoles en el cd. Tenía Eva una absurda mañana temprano y un ritmo sin detonar. Un alma de compás y guitarra. Farandulera la que más, que componía con odio, que satán le brindó sin más. La luna no brillaba sin ella, y las ventanas se vestían de tochos del no ver, cuando se paraba de contonear. No iba al Real a por gambas y tinto, se pavoneaba en castañuelas colocadas en su falda negra, y poco a poco, como si desganada y sin gracia, calzaba los primeros pasos. Los marcaba, pero nunca los brindaba. Y cuando dos o tres compases asomaban se dejaba de tonterías y todos...



Todos seguíamos soñando con ser Eva.
Y vestir al flamenco de gala y soleá.

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